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San Marcelino

Marcelino Champagnat es la raíz que da vida a la educación marista

Los tiempos y las circunstancias cambian, pero su espíritu y su proyecto educativo continúan vivos e inspiran nuestra misión. Dios lo eligió para llevar el mensaje del amor de Jesús a los niños y jóvenes, y cuenta con nosotros para que hagamos lo mismo en los lugares donde vi

Marcelino fue un hombre fiel a Dios en una época difícil y compleja. Durante el tiempo que vivió (1789-1840), Francia y Europa fueron el escenario de una gran agitación cultural, política y económica, de crisis en la sociedad y en la Iglesia.vimos hoy.

Marcelino nace en Marlhes (Loira), a unos 50 km. de Lyon, en vísperas del estallido de la Revolución Francesa. Tres personas de la familia contribuyeron particularmente a modelar su carácter. Su padre, hombre emprendedor, inteligente y trabajador, influyó en la formación de Marcelino como futuro ciudadano. Su madre y su tía religiosa sirvieron de modelos y guías para su crecimiento en la fe y en el despertar de su devoción mariana.

De forma inesperada, descubre la llamada al sacerdocio. Los primeros cursos en el seminario están empedrados de dificultades. Mediante su constancia y el apoyo de su madre, supera las tentaciones de abandono y desaliento. Su formación teológica y espiritual se consolida en el seminario mayor de Lyon, donde es ordenado sacerdote en 1816. En aquellos tiempos de agitación, Lyon se convirtió en punto de partida de numerosos proyectos misioneros y apostólicos.

Allí germinó la Sociedad de María, promovida por un grupo de seminaristas. Marcelino, uno de ellos, insistió y asumió la creación de una rama de Hermanos que llevasen la educación cristiana a las pequeñas poblaciones rurales.

 

La intuición le nacía de su propia experiencia; así lo afirma en una carta al rey Luis Felipe, en 1834: “Sólo con enormes dificultades pude llegar a leer por falta de maestros capacitados, desde aquel momento sentí la urgente necesidad de una institución que pudiera, con un coste menor, hacer en las zonas rurales lo que los hermanos de las Escuelas Cristianas hacen en las ciudades”.

Destinado a la extensa parroquia de La Valla, en pleno Macizo Central, antes de medio año puso en marcha la congregación de los Hermanos Maristas. Los medios, materiales y personales, eran escasos y rudimentarios; así lo era la casa de Nazaret, que inspirará el espíritu marista; así aparecerá más clara la espiritualidad expresada en el salmo 126: "Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”.

Siete años más tarde, en 1824, Marcelino consolida su obra. Construye la casa del Hermitage y hace de ella hogar de los nuevos candidatos, escuela normal, fragua, telar y molino, centro de renovación espiritual y de formación permanente. De allí saldrán los jóvenes maestros que atenderán las continuas solicitudes de municipios cercanos, o no tanto, para abrir una escuela.

En ellas el objetivo preferente de Marcelino y de sus Hermanos consiste en “dar a conocer a Jesucristo y hacerlo amar”, con María como modelo y madre. Sus discípulos habrán de armonizar la enseñanza de la religión y de las ciencias, y así formar la mente, el corazón, la voluntad y la conciencia de sus alumnos, y hacer de ellos “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.

Marcelino y su obra se van purificando sin cesar en el crisol de la prueba, de las dificultades de todo tipo, incomprensiones, acusaciones, penurias económicas... Pero también encontró inestimables apoyos, algunos de influencia decisiva para el porvenir de su obra.

Hombre de espíritu práctico y buen pedagogo, Marcelino supo preparar sucesores. Así, cuando él muere, con sólo 51 años, apenas se resiente el Instituto. Es más, llegará a cumplirse lo que él mismo había anunciado al hermano que le cuidaba en su última enfermedad: “Le advierto que todo irá mejor después de mi muerte”.

Marcelino, un corazón sin fronteras, en cuyas miras entraban todas las diócesis del mundo, ha impulsado el que los maristas se encuentren hoy en 77 países de los cinco continentes.